El covid 19 es un virus que va más allá de causar enfermedades orgánicas directas en el sistema respiratorio principalmente y otros sistemas como el digestivo, además de efectos y síntomas que alteran la normalidad de funcionamiento de muchas partes del cuerpo. Aún se están descubriendo muchas de sus secuelas del pero es evidente que los daños van más allá de una infección vírica localizada. Es un virus duro y pegajoso que trata de sobrevivir a costa de nuestra salud y de nuestras vidas.

Pero no solo daña el cuerpo, daña también el alma. Y si no lo hace directamente, lo consigue a través de la situación provocada. El aislamiento, el cambio de relaciones laborales y personales que ha traído la pandemia, así como las medidas sociales de protección contra el virus tomadas por las distintas administraciones y las recomendaciones de los organismos de salud, afectan a nuestra vida y crean desde estrés y estados de ansiedad a distintas formas de neurosis y enfermedades mentales.

El mero hecho de no poder abrazarnos, tocarnos, relacionarnos, ni siquiera vernos fuera de la unidad familiar si no es con mascarilla y no poder ver los gestos que todos teníamos y hacíamos cotidianamente ya supone una situación de anormalidad (“no puedo aceptar lo de nueva normalidad, sino más bien nueva anormalidad”) en fin, si a esto añadimos la situación de incertidumbre para muchas personas que trabajan en distintos sectores  de la economía, o para padres y madres con hijos y los mismos niños…  y el miedo general, más acentuado, lógicamente, en aquellas personas que trabajan en hospitales, centros médicos y residencias de ancianos veremos que el panorama es desalentador.

¿Soluciones? Solo que la pandemia acabe pues, aun con las vacunas prometidas, y alguna ya a punto de distribuirse, habrá un largo periodo de pruebas y esperas… Y el virus seguirá ahí.

Las amenazas catastróficas hasta ahora circunscritas a fechas funestas, como el 11 S o el 11 M en Occidente y en lugares muy localizados ( aunque había epidemias, guerras y enfermedades en muchos lugares del planeta) ahora nos tocan de lleno, están entre nosotros. La situación se ve magnificada en los que enferman y en las familias golpeadas por las muertes.

“Habrá una avalancha de trastornos del ánimo y de ansiedad en los próximos meses y años en todo el mundo”, pronostican los expertos “y eso incluye depresión, ansiedad, estrés postraumático, mayor consumo de alcohol y cuadros neuróticos. Y todo ello tendrá, además del coste personal, grandes consecuencias económicas y sociales”. La OMS estima que una de cada cinco persona padecerá una afección mental, el doble que en años anteriores.

¿Qué va a pasar? ¿Cogeré el virus? ¿Como saldremos adelante? ¿Volveré a abrazar a mis mayores? La psicóloga Sara Liébana escucha constantemente preguntas como estas.  “Es lo más extraordinario que hemos vivido”, señala esta profesional especializada en atención a víctimas del terrorismo, “no solo porque ocurre a nivel mundial, sino por esa masiva sensación de incertidumbre en todo: salud, trabajo, estudios, afectos… Vivimos en un estrés y una ansiedad general… Ahora somos una sociedad que se hace preguntas”.

Mientras todo evoluciona solo podemos intentar, a nivel físico, reforzar nuestras defensas y sistema inmunológico. Y a nivel mental impedir que el miedo se adueñe de nosotros. Porque el miedo abre puertas a la enfermedad y nos hace más vulnerables.