Nada se transforma en la zona de confort. Recorra su biografía, recuerde cada paso, cada obstáculo, cada lágrima, cada caída, pise de nuevo cada huella, para que jamás olvide como se llega a la meta.

La Humanidad experimenta hoy una de las más grandes y profundas crisis de sentido. Los seres humanos se habían convertido en una especie de robots sin alma, sin conciencia y sin esencia, hasta que Nuestro Dios Creador permitió que se nos despertara de un solo golpe, con una magistral lección espiritual, escondida detrás de un extraño y diminuto bicho, tan diminuto y tan bicho como el virus de la falsa grandeza y omnipotencia que la especie humana fingió tener…

¿Qué es el ser humano? ¿Es posible que encontremos la respuesta?

¿Cómo encontrarla en medio de esta absurda dificultad que tenemos aquí y ahora para sostener el sentido de nuestra vida?

Tenemos la sensación terrorífica de que Dios nos ha soltado de la mano, dejándonos caer en un abismo, que nos ve desde lo alto cayendo en un hoyo oscuro sin fondo. Nos sentimos desorientados como si fuéramos succionados en espiral, arrastrados hacia un vacío existencial imposible de comprender y de soportar

Esta crisis humanitaria espiritual, disfrazada de pandemia, ha paralizado al planeta desterrándonos a la ansiedad generalizada colectiva y a la auto aniquilación.

¿Qué hacer entonces cuando la vida te arroja esta pregunta existencial tan difícil de responder? El sufrimiento es inherente a la especie humana, pero no siempre es necesario. Gran parte del sufrimiento que experimentamos es causado por nosotros mismos, en la vida personal, familiar y comunitaria. Hoy se nos convoca a encontrarle un sentido fértil a ese sufrimiento que hemos creado nosotros y que hoy nos está pasando factura.

Esta sensación de impotencia nos conduce a una desesperación paralizante, cuando la vivimos desde nuestro ego, el cual se sienta en su trono de la víctima, ¿por qué a mí? ¿por qué ahora?

La espiritualidad ha sido la más golpeada por esta crisis y ha sido desterrada al confinamiento y al encierro, por eso es urgente que elevemos nuestra conciencia para comprender que la espiritualidad real es la que implica un proceso de evolución y de transformación permanente; es la única vacuna contra el peor de los virus, el de la conciencia adormecida y apática.

Algo poderosamente importante se está gestando en la dimensión espiritual del género humano:

Nietzsche en su momento dijo “Dios ha muerto” y esa frase ha estado retumbando en los oídos de nuestra alma, atemorizándonos y dejándonos en la orfandad absoluta. Quizá somos nosotros quienes hemos desterrado a Dios, sacándolo de nuestros espacios más íntimos, como si un pequeño niño engreído y prepotente sacara a patadas a su padre de su hogar, en un narciso intento de auto cuidarse y auto abastecerse. Esta actitud supone una total inmadurez y soberbia espiritual. La altivez nos pasará una cara factura por ello, hasta que el pequeño, como el hijo pródigo,  regrese despojado de todo ego a la casa del Padre, quien lo recibirá con amor incondicional, perdón y con un corazón regocijado por la lección aprendida.

Cuantos sepulcros vemos a nuestro alrededor, cuántas fosas comunes desbordadas de cadáveres que aparentemente perdieron la batalla contra esta cruel pandemia biológica y espiritual. No es en vano que esta catástrofe mundial sucedió en plena Semana Santa, tiempo Sagrado de Transformación, durante el cual Jesús se levantó de su sepulcro y resucitó, como señal divina y perpetua, como victoria bendita, para recordarnos que la muerte y la desolación no son nuestro destino final, que detrás de esta desgarradora devastación humana y detrás de estas llagas de dolor, hay un milagro en gestación. ¡Nos levantaremos! ¡Resucitaremos! !nos transformaremos! desde la poderosa fuerza de nuestro espíritu. Honraremos a cada una de las almas que ya no está entre nosotros y que partió a la casa del Padre, dignificaremos cada herida, cada lágrima y de este modo jamás olvidaremos cómo se llega a la meta: La iluminación, el esclarecimiento, la elevación de la consciencia humana.

Mi píldora para el alma: La elevación de la consciencia es la única respuesta que debe dar el ser a los gritos desgarradores de su propio dolor.