El 25 de noviembre se conmemora el Día Internacional para la eliminación de violencias contra la mujer. La intención es visibilizar una de las grandes lacras actuales y que se perpetúan en el tiempo. Siempre es el momento, pero hoy especialmente, para recordar que se trata de un problema social presente tanto en el ámbito doméstico como en el público, en diferentes vertientes: física, sexual, psicológica, económica, cultural… Y que nos concierne a todos. Porque es una grave vulneración de los derechos humanos.

La epidemia insoportable.

En España es asesinada una mujer cada semana por su pareja/ex pareja. Al menos eso es lo que concluye el informe realizado por el Observatorio de la Mujer desde que se empezó a contabilizar en 2003. 1074 mujeres en total. 47 en lo que va de año. Lo advirtió la ONU el pasado año, el hogar es el lugar más peligroso para las mujeres maltratadas y que eso se reproduce a escala en todos los países. Solo en España, más de 30000 hombres fueron condenados por violencia de género en 2019 según datos del Instituto Nacional de Estadística.

Responsabilidad de la sociedad.

#Nosqueremosvivas será trending topic, Instagram y Tic Toc también se teñirán de morado pero el discurso seguirá sin calar en los oídos impermeables.

Hemos teorizado, hemos llegado hasta las bases del iceberg que culmina con los asesinatos machistas. Pero no hemos conseguido que el mensaje cale. Que apliquemos nuestra responsabilidad individual cuando presenciamos un ataque de esta índole. Tomar partido cuando ocurra, porque la equidistancia también tiene consecuencias. Tolerancia 0 sin matices ni medias tintas a este tipo de comportamientos. Desprecio social a quien los practica y a quien los legitima con proclamas que los ocultan. La unión necesaria de todos los agentes sociales para lograr la plena concienciación que pasa también por incluir a los hombres y su responsabilidad e identificación dentro de las políticas para revertir esta situación.

La COVID como amplificador de la injusticia.

Según un artículo publicado por ONU “el confinamiento avivó la tensión y el estrés generados por preocupaciones relacionadas con la seguridad, la salud y el dinero. Asimismo, refuerza el aislamiento de las mujeres que tienen compañeros violentos, separándolas de los recursos que mejor pueden ayudarlas. Es la situación perfecta para ejercer un comportamiento controlador en el hogar. De forma paralela , al tiempo que los sistemas sanitarios se esfuerzan al límite, los refugios para la violencia doméstica alcanzan también su máxima capacidad, agravándose el déficit de servicio al readaptar dichos centros a fin de adaptar una respuesta adicional”.

El impacto del virus provoca que las circunstancias de desigualdad habitual se multipliquen: más mujeres perdieron su empleo en esta pandemia, el peso del trabajo no remunerado recae sobre nosotras, somos más susceptibles de sufrir extrema pobreza…

Estas particularidades son también determinantes para muchas víctimas a la hora de denunciar a sus agresores. La dependencia económica -sobre todo en las que tienen hijos- y el miedo a no ser creídas, producen el silencio jurídico manteniendo el bucle violento.

Por ello son necesarias políticas especialmente dirigidas a acabar con estos agravantes y que se sumen a las ya existentes. Garantizar la estabilidad  laboral y económica que evite que tengan que volver al infierno del que vienen.

Si estás sufriendo maltrato o necesitas información y/o asesoramiento jurídico puedes pedir ayuda en el 016.