No es frecuente poder afirmar de alguien que su trabajo convierte el mundo en un lugar más bello y, por lo tanto, mejor. Llámalo talento, llámalo bendición o llámalo ser el favorito de las musas. Chus Burés es uno de esos escasos agraciados y nosotros, quienes tenemos la suerte de empaparnos de su obra, unos privilegiados por poder disfrutar de ese don. Porque cuarenta años de profesión lo convierten a cualquiera en un experto, pero para alzarse como artista deben confluir otros elementos: una visión única del mundo, la capacidad de trascender a la tiranía de las tendencias del momento y una pizca de transgresión, esa rebeldía propia del artista que lo lleva a desafiar convenciones, a desafiarse a sí mismo, a desafiarnos a quienes contemplamos sus obras. Chus Burés diseña joyas que no son joyas. Chus Burés crea estados de ánimo, crea historias, crea mundos.

Junto a Chus Burés Fotos Alexander Winax @winaxfotografo/ Gafas: Optica ABC Serrano

Es a principios de los 80 cuando Chus Burés hace su entrada en el mundo de la moda de la mano de Manuel Piña, uno de los fundadores de la Pasarela Cibeles y arquitecto de la llamada Marca España. “Conocí a Manuel Piña en Ibiza”, rememora, “y congeniamos. Vio mi obra y decidió encargármela para el MEAC (Museo Español de Arte Contemporáneo), donde se hizo un desfile con cuatro diseñadores, una iniciativa que puso en marcha y financió el gobierno socialista de aquella época”.

Era cuestión de tiempo, casi la crónica de una colaboración anunciada, que su camino se cruzase con el de otro de nuestros artistas patrios más ilustres: Pedro Almodóvar. El cineasta manchego requirió sus servicios para la película Matador (que supuso, además, la primera nominación a los premios Goya de un entonces jovencísimo Antonio Banderas). “Me dio a leer el guion y entendí que lo que había que diseñar era una horquilla que se va a convertir en un arma asesina. Le hice una propuesta a Pedro y le gustó. Aquella experiencia me abrió muchas puertas internacionalmente”, recuerda Chus Burés, cuya colaboración con Almodóvar se reanudó tres años después en la película Átame (que ostenta el dudoso honor de ser el film con menos Goyas por nominaciones recibidas: quince candidaturas y cero premios). Burés explica aquel trabajo: “Para Átame hice una colección donde la idea predominante es la posesión, el corazón roto. Estaba formada por anillos, pendientes, un trabajo más de merchandising”. Otros grandes de nuestro cine, como Bigas Luna, Vicente Molina Foix y Adolfo Arrieta también requirieron sus servicios.

Chus Burés fotografiado por Alexander Winax @winaxfotografo

Rodearse de artistas de otros ámbitos siempre es fuente de inspiración, especialmente cuando se entremezclan los talentos y confluyen en obras que, como en el caso de las joyas de Burés, son algo más que meros adornos; son símbolos. Pero a mí me interesan especialmente dos de sus amistades, dos mujeres sin las cuales es imposible entender el arte contemporáneo. Una de ellas es Louise Bourgeois, la artista y escultora francesa, famosa por sus esculturas arácnidas que le valieron el sobrenombre de Mujer Araña. “La conocí en el año 2000, coincidiendo con la retrospectiva que se organizó en el Museo Reina Sofía. Vino a verme al estudio y me pidió una colaboración. Me trajo un collar que había diseñado hacía años y había tenido guardado en un cajón, y me pidió que hiciera algo con él. Desde entonces surgieron más colaboraciones y una buena amistad. La visitaba varias veces al año hasta que falleció en mayo de 2010”. La otra es una cubana maravillosa: Carmen Herrera, considerada unánimemente como una de las pioneras en la abstracción geométrica y del Modernismo Latinoamericano. “Inicié mi colaboración con Carmen Herrera en el 2012, con una serie de joyas creadas a partir de su obra. Herrera es una gran artista que vive en Nueva York, una gran dama, una señora muy culta y sensible, una de las pioneras como mujer artista, y tuve la suerte de conocerla. Colaboramos en series de seis piezas y mantengo una excelente relación con ella”. Carmen Herrera tiene actualmente 105 años y vive cerca de Union Square, en Nueva York.

Junto a Chus Burés Fotos Alexander Winax @winaxfotografo/ Gafas: Optica ABC Serrano

A pesar de que Chus Burés es, desde hace décadas, uno de los mejores embajadores de España, lo cierto es que su talento ha traspasado fronteras: sus obras han triunfado en Londres, Tailandia, Hamburgo, Mónaco o París, donde realizó una exposición conmemorativa de cien años de cine cinético, color y movimiento y trabajó con grandes artistas de la abstracción geométrica. Pero su ojito derecho, la ciudad que tiene conquistado su corazón, es Nueva York. “Es una ciudad que he visitado infinidad de veces, donde he realizado exposiciones, donde tengo un buen número de coleccionistas… Nueva York es el centro del universo para la creatividad, la ciudad más dinámica que existe, un lugar donde nunca dejan de acontecer cosas, que estimula y nunca aburre”.

Entre sus colecciones más destacadas encontramos la Dragon Collection (1986), inicialmente pensada para el festival de cine de Barcelona y que representa la espina dorsal de un dragón (por la leyenda de San Jordi); Mae Nam (2000) inspirada en el antiguo reino de Siam y recoge perfectamente la esencia de la tradición tailandesa; Oppenheim (1984), compuesta por formas óseas e inspirada en la artista Meret Oppenheim; o Vol de Nuit (1998), una evocación ensoñada de las noches marroquíes.

Chus Burés fotografía Alexander Winax @winaxfotografo

Ahora, con la situación sanitaria que estamos viviendo, muchos artistas han tenido que echar el freno. “Es poco popular decirlo”, comenta Chus Burés, “pero a mí este año de parón me ha venido muy bien para poder pasar tiempo en el estudio y reorganizar mi vida profesional”. Y concluye: “El tiempo es nuestro bien más preciado, el mayor de los lujos”.

No hay más que contemplar las joyas que diseña Chus Burés para darse cuenta de que uno se encuentra ante una sensibilidad infinita, y no hay más que pasar un rato con él para comprender por qué ha enamorado a medio mundo. Sus palabras, como su obra, nos hipnotizan y nos transportan a otro universo, a paraísos perdidos, a la historia del celuloide. Pasan los años, pero Chur Burés trasciende al mismísimo tiempo como solo las leyendas lo hacen.

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