En mis viajes por todo el mundo pocas ciudades me han impresionado tanto como la antigua capital del  imperio bizantino y más tarde, capital del imperio otomano, Estambul. Una de las ciudades más antiguas del mundo que acumula historia en sus monumentos y sus calles pero también diversidad, modernidad, tipismo y vida.

Si pudiéramos aplicar un término sencillo y claro de comprender para el visitante y el viajero podríamos decir que Estambul es una ciudad… diferente… y preciosa. La llamada “perla del Bósforo” es absolutamente sorprendente. Porque, además, es la única gran ciudad del mundo que tiene una de sus partes en Europa…. y otra en Asia. El estrecho del Bósforo separa las dos zonas de la ciudad que están indisolublemente unidas, sin embargo, por varios espectaculares puentes antiguos y modernos. El más importante de los antiguos es el puente Gálata, que toma su nombre de la imponente torre Gálata que se encuentra a escasos metros de uno de sus extremos y que da paso a una maravillosa zona de la ciudad donde se encuentra el barrio europeo, con su centro en Beyoglu, con sus tranvías antiguos y sus calles llenas de comercios y restaurantes. La calle principal es la avenida Istiklal, por la que, cada fin de semana en temporada turística pasan más tres millones de visitantes. Una calle que podríamos considerar el centro turístico de Estambul aunque toda la ciudad es impresionante para el viajero.

Foto: Puente de Gálata

Antes de seguir nuestro itinerario y resaltar su vida y monumentos hay que decir que el primer nombre de Estambul fue Constantinopla, pues fue fundada por el emperador romano Constantino el Grande, haciéndola la capital del Imperio romano de Oriente.

Un lugar importante para iniciar la otra ruta, la de las grandes mezquitas, otro de los enormes atractivos de Estambul, con Santa Sofía y la Mezquita Azul como las más destacadas, es la plaza del Hipódromo, desde la cual se puede divisar ambas y donde estaba enclavado, de ahí su nombre, el hipódromo de Constantinopla. La Mezquita Azul, llamada así por sus increíbles mosaicos de ese colo, es conocida también como la mezquita del Sultán Ahmed y es la más oriental de las grandes mezquitas, la más musulmana, pues Santa Sofía fue primeramente un templo cristiano bizantino posteriormente convertida en mezquita. Enorme, impresionante en todos los aspectos, para mí, Santa Sofía es una de las grandes maravillas del mundo. Sobrecoge entrar y saber que, probablemente, es el único lugar del mundo donde el Dios de los cristianos y el Alá de los árabes comparten grandiosidad y adoración. De hecho, en estos momentos se ha convertido más que en un lugar sagrado de rezo en un museo (así ha sido declarado) compartido por las dos religiones más importantes del mundo.

Foto: Interior Santa Sofía

Junto a Santa Sofía se encuentra la gran cisterna subterránea de Yerebatán, un lugar digno de visitar y que, a mí, particularmente, me causó una profunda impresión. Construida en el siglo VI y cuenta con 336 columnas que la convierten en una joya bajo tierra. Un lugar siempre fresco por la inmensa cantidad de agua que acumula, agua que, durante mucho tiempo, fue la reserva hídrica y la fuente de alimentación de toda la ciudad. Los tonos ocres de sus columnas resultan especialmente bellos por la iluminación especial con que se ha dotado a este espacio, de una inmensa belleza.

Foto: La Gran Cisterna de Yerebatán

Relativamente cerca se encuentra otra joya arquitectónica, el Palacio de Topkapi, un enorme complejo con cuatro patios interiores y numerosas y bellas estancias árabes con maravillosos mosaicos y azulejos que fue levantado por el sultán Mehmed II y que fue sede del gobierno otomano desde 1465 a 1853. Muy interesante es visitar en él las habitaciones del harem del sultán, uno de los más numerosos y secretos de su época.

Foto: Interior Palacio Topkapi

Pero Estambul no solo es una ciudad llena de monumentos de otras épocas. Es una ciudad ideal para las compras. Si queremos encontrar artesanía, telas y perfumes hay que visitar el Gran Bazar, quizás el más importante del mundo. Pero no hay que olvidar el Bazar de las especias, un lugar único, pues en sus puestos se encuentran las mejores y más exóticas especias y condimentos que uno puede imaginar. Un delicioso olor nos acompañará durante todo el recorrido.

Foto: Gran Bazar

Un lugar especial, con unas maravillosas vistas, es el  Café de Pierre Loti, algo alejado del centro con una paradisiaca terraza y donde se sirven los mejores tés de Estambul. Fue fundado por un escritor y artista francés al que debe su nombre, hace dos siglos, un gran enamorado de la gran metrópoli turca.

Foto: Café Pierre Loti

Pero Estambul es también y de modo muy característico, una ciudad de agua. Hay que hacer una travesía por el Bósforo, en cualquiera de los barquitos turísticos que se ofrecen al viajero, para ver la ciudad en sus dos lados, el llamado europeo y el asiático y disfrutar de las vistas desde el mar que ofrece la ciudad. Según se asciende y nada más arrancar el pequeño crucero, encontramos el Palacio del Gobierno, una auténtica joya a orillas del agua, en el barrio de Besitkas. Y más adelante, el gran y moderno puente colgante que une el tráfico entre el Estambul de la zona europea y el Estambul de la zona asiática, donde, precisamente, se encuentran las más bellas casas y residencias privadas de la ciudad.

Foto: Palacio Dolmabahce

En fin, Estambul necesita varios días para recorrerlo e impregnarse de su magia y también de su hospitalidad. Y de sus dulces y su gastronomía, pues es otro de los puntos fuertes de una ciudad inolvidable que tiene algo de las mil y una noches y es una mezcla de culturas y civilizaciones como ninguna otra ciudad puede ofrecer.