Empecemos por un dato que es casi una evidencia: a diario vemos más fotografías de las que nuestros antepasados, hace cien años, veían en toda su vida. El siguiente dato es esclarecedor: se calcula que en 2018 se publicaron en redes sociales más de 300.000 fotografías por minuto. Tercer dato, quizás una apreciación personal: hacer fotografías no te convierte en fotógrafo. Hacen falta años de trabajo (Henri Cartier-Bresson decía que tus primeras 10.000 fotografías son siempre las peores) y un talento que a veces se cultiva y otras, se tiene. En España, donde el arte crece en los árboles, tenemos algunos de los más interesantes maestros de la cámara. Tal es el caso de Eugenio Recuenco, nacido en Madrid en aquel histórico mayo del 68. Un estudiante de Bellas Artes que tuvo un instantáneo flechazo (¿podríamos decir que fue un flashazo?) con el mundo de la imagen. Más de 25 años han transcurrido desde su primer ¡clic!, un cuarto de siglo consagrado a un arte que va mucho más allá de los selfies que coquetamente nos tomamos ante el espejo. Y es que, de la persona o el objeto retratado, ser cómplice de su vulnerabilidad y su mutabilidad. Es un testimonio de lo irrecuperable, de lo como decía Susan Sontag, realizar una fotografía implica participar de la mortalidad que fue y dejó de ser, y al mismo tiempo una forma de inmortalizar un instante y convertirlo en eterno. Casi nada.

Eugenio Recuenco tiene la sonrisa en la boca y ese brillo en la mirada que delata un ojo entrenado, aquel capaz de ver lo que nos es invisible a los demás. Pero, para él, la fotografía es un arte participativo, casi un diálogo. “Las fotografías cobran vida con el latido de quien las ve”, afirma. Empezó creando cuadros en los que combinaba pintura y fotografía, pero pronto vio clara su vocación. Fue a finales de los 90 cuando comenzó a trabajar profesionalmente, centrando su carrera principalmente en catálogos y revistas. Entre ellas, nada menos que la reina de las revistas de moda: Vogue. “Es interesante comprobar cómo varía la personalidad de Vogue en diferentes países”, comenta, “cada una con sus peculiaridades y su forma de hacer. Pero, por encima de todo, acaba siempre primando la visión del artista y su creatividad”.

Cuando su carrera empezó a despegar, no le faltaron propuestas del extranjero. “Hubo un momento en el que todo empezó a carburar y las llamadas comenzaron a llegar. Y lo tuve claro desde el principio: mi destino debía ser Francia. Me fui para descubrir nuevos mercados y empaparme de otras formas de hacer”. En París, la ciudad de las luces, el amor y las baguette, se le abrieron las puertas de algunas de las casas de moda más grandes del mundo, desde Yves Saint Laurent a Loewe. Pero uno de sus primeros encargos, que recuerda con especial cariño, fue un trabajo de colaboración con Nina Ricci. Así lo explica el fotógrafo: “Fue una experiencia muy especial, no había hecho ningún anuncio antes y me llamaron sin más bagaje que mi fotografía. Nina Ricci se encontraba en un momento delicado y su apuesta por mí fue tan fuerte como arriesgada. Entendieron lo que yo podía aportar en cuanto a creatividad y creación de mundos. Y la experiencia salió muy bien, incluso fue considerado el mejor anuncio del año en Francia”.

Foto por Alex winax (@winaxfotografo)

La carrera de Eugenio Recuenco avanza como un alud imparable, arrasando allá donde va. Nada se le resiste, desde llevar a cabo la puesta en escena de la ópera Les Huguenots en el Fisher Center de Nueva York, hasta dirigir un videoclip para la exitosa banda alemana Rammstein. Él lo explica con una simpleza tan aguda como demoledora: “A mí me gusta el reto, la experiencia nueva. Lo que ya sé hacer, no me llama”. Sus andaduras lo han llevado a lugares como Berlín (“si Francia supuso un impulso comercial y publicitario en mi carrera, Alemania lo fue a un nivel más personal”) o Shangái  (“me fascina el concepto interactivo que tienen los asiáticos del arte”). Pero el que es, quizás, su proyecto más ambicioso y personal hasta la fecha, lo presentó en un lugar en apariencia menos exótico, pero sin duda más cercano a sus raíces: el Centro de Arte Tomás y Valiente (CEART) de Fuenlabrada. Se trata de su obra magna: 365º.

“365º es un trabajo personal que comencé allá en junio de 2010 y se inauguró en noviembre de 2018. Un trabajo que implica trescientas sesenta y nueve fotografías -una por cada día del año más 4 adicionales-, 8 años de trabajo, 120 modelos y un equipo de 300 personas”. La crítica ha sido unánime al alabar la obra, pero para Recuenco el verdadero valor reside en el público que asiste a verla. “Quise que la instalación fuese una experiencia, todo en cajas retroiluminadas, y fue emocionante ver la respuesta de la gente. Al CEART acudieron cerca de 90 mil visitantes, una barbaridad teniendo en cuenta que la exposición se encuentra en una ciudad a casi 30 kilómetros del centro de la capital”. De ahí viajó a Vitoria, donde casi 40 mil personas más pudieron disfrutar de la instalación. “Vitoria fue fenomenal, cada lugar aporta una nueva capa de significado a la obra y aquí se convirtió en un caleidoscopio, en un espacio laberíntico. Las cajas se apoderan del espacio, tienen su propia luz”. De Vitoria, pasó a la galería Camera Work de Berlín (una de las exposiciones más bonitas, una instalación envolvente”). Y, de ahí, a ciudades como Taipei o Shangái, donde no pudieron viajar todas las obras “por el tema de la censura”.

Foto por Alex winax (@winaxfotografo)

365º sigue circulando por el continente asiático, aunque aproximadamente la mitad de las obras que la componen se encuentran almacenadas en Europa a la espera de que la pandemia remita y la vida vuelva a la normalidad, la vieja o la nueva. Pero esperar de brazos cruzados no es algo que caracterice a Recuenco, que ya trabaja en su siguiente proyecto, una macro-exposición que hará parecer pequeña a la anterior: Las Mil y Una Noches. “Si 365º es una experiencia, una sensación en la que el observador aporta su propia experiencia, en Las Mil y Una Noches vamos un poco más allá. Son 1.001 fotos en las que cuento mi percepción del mundo. Yo ya no hago fotos pensando en si son bonitas o feas, sino para expresar un punto de vista. Avanzo con el mismo discurso, pero con más libertad. Va a ser una cosa monumental, desbordante.

Casualmente, tiene a mano una fotografía tomada hace veinticinco años. “Fíjate”, me dice, “que en ella sale retratada una mujer con una mascarilla quirúrgica de esa época. Siempre la había visto como una representación de la muerte, pero nunca imaginé el significado que cobraría tantos años después. Hay cosas que se hicieron personales, pequeñas, y he encontrado la forma de darles el soporte para que crezcan”. Es curioso, le digo, cómo el tiempo altera nuestra percepción de una misma obra. “Así es”, recalca Recuenco, “cuando capturas comportamientos extraños o absurdos que realizamos en nuestro día a día, si no los enmarcas en un momento puntual se vuelven universales. Se revelan con una forma diferente”.

Pienso que una creatividad desbordante como la suya, para crecer, necesita gozar de una libertad absoluta. Y Eugenio Recuenco, que está en gran parte de acuerdo, me aporta, sin embargo, un matiz: “El problema que tiene la creatividad es que se la toma como símbolo de la no responsabilidad. Casi todo lo que he aprendido ha sido gracias a esos clientes que no me han permitido hacer lo que quiero, porque eso me estimula para encontrar soluciones. Cuando te dan plena libertad, en cambio, es cuando entra en acción la propia responsabilidad y las ataduras que uno mismo se impone”.

Es una suerte inmensa contar con Eugenio Recuenco, no solo en esta columna sino en nuestro país, en general. Un artista imprescindible que, a través de su lente fotográfica, nos revela nuevos aspectos del mundo. Como decía Diane Arbus, la fotografía es un secreto sobre un secreto, y cuanto más revela, menos sabes.

Texto: Alex Merino Aspiazu

Aqui podeis vey y disfrutar de la entrevista: