El origen del gospel está profundamente enraizado en los campos de esclavos y la religión evangélica protestante entono al s.XVIII. Es una evolución de los negro spirituals a su vez conectados con las work songs del que tomaron el característico estilo call-response o lo que es lo mismo; la llamada del solista y la respuesta del coro. Son estos cantos probablemente la piedra rosetta de toda la música popular. Es probablemente la primera forma musical abierta y participativa, que promueve un contrapunto melódico entre los solistas, el coro y la audiencia.

Los negro spirituals, más allá de ser plegarias, se convirtieron en la semilla de la conciencia comunitaria afroamericana, una fuente de esperanza, salvación y libertad.  Los esclavos tenían prohibido aprender a leer o escribir y fue en aquellos cantos espirituales donde encontraron la grieta para la rebeldía, la manera de reafirmar su identidad, de evocar la tierra madre. Habían sido despojados de cualquier derecho: no eran dueños de su cuerpo, no eran dueños de su vida, no eran dueños de su tiempo, tampoco de su destino. Pero les quedaba la voz y el espíritu. Y lo convirtieron en un arma de resistencia.

Entre sus melodías comenzaron a introducir mensajes codificados de escape que contribuyeron a causas como El ferrocarril subterráneo, la red que tejieron blancos abolicionistas y ex esclavos para ayudar a escapar a terreno seguro a lo que continuaban bajo el yugo de la esclavitud. Gente conocida como «conductores» guiaba a los esclavos fugitivos. Los lugares de escondite incluían casas privadas, iglesias y escuelas. Estos fueron llamados «estaciones», «casas seguras» y «depósitos». Las personas que los operaban se llamaban «jefes de estación».

El gospel y su apogeo en los años 30.

Con la abolición de la esclavitud, la comunidad afroamericana sufre una escisión en lo que a la forma de entender la religión y sus ritos.

Contrariamente a lo que cree el gran público el gospel no habla exclusivamente de Dios, en ocasiones utilizan pasajes de la Biblia como metáfora para narrar el sufrimiento y la fe como motor para escapar de él y llegar al paraíso, que no era otro que la independencia. Mantuvieron las letras de los tiempos de la esclavitud, versos que los predicadores utilizaban durante sus sermones para no olvidar de donde venían: el dolor de los esclavos, el ansia, la lucha y el camino hacia la autonomía.

El papel de la Iglesia, los reverendos y la música en el desarrollo de la idiosincrasia afroamericana es clave. No es casualidad que allí fueran los primeros discursos pro derechos civiles. No lo es tampoco que fueran la lanzadera de la mayoría de las leyendas del blues, del jazz o del soul como Aretha Franklin, Sam Cooke, Otis Redding o Whitney Houston. En un mundo que les negaba el espacio público, las tribunas políticas, la aparición en los medios, el templo era lo más parecido a un hemiciclo y el púlpito a un estrado. Las misas hicieron las veces de mítines. 

Encontraron en el gospel una forma de encuentro, de perpetuar la idiosincrasia que habían intentado extinguir a golpe de látigo, de que la injusticia quedara plasmada en busca de una reparación que no llegó, que probablemente no llegue nunca.