La artista afroamericana, Kara Walker, ha sabido encontrar en el arte conceptual, un medio de reflexión para todo aquel que contempla sus obras, ya sean sus conocidas siluetas o sus esculturas. El mensaje contundente y reivindicativo que esconden sus creaciones ha generado controversia aunque también ha provocado que la artista se haya ganado el respeto del mundo del arte.

Kara Walker nació en Stockton (California) en 1969. Es hija de Larry Walker, artista y pintor, y de Gwendolyne Walker, asistente administrativa. Creció viendo a su padre pasar largas horas en el estudio que tenía montado en el garaje de su casa pintando Y esto incentivó que Walker encontrase en el arte una pasión inquebrantable.

A una edad muy temprana, se trasladó junto a su familia a Stone Mountain (Georgia) dónde vivirá como la cuestión racial genera conflicto a causa de la historia que arrastra la ciudad en relación al Ku Klux Klan, pues se trata del lugar dónde surgió. Allí, vivió durante su adolescencia, discriminación racial y sexista.

Estudió en Atlanta College of Art para más tarde acceder a la Rhode Island School of Design dónde se graduará en 1994. Años después, impartirá clases de artes visuales en la Universidad de Columbia. Además, fue una de las mujeres más jóvenes -tenía 28 años- en recibir el premio MacArthur fellowship, un acontecimiento polémico -en su momento- por ser tan joven y `porque sus creaciones fuesen más populares dentro de la comunidad blanca. También fue incluida en la lista de las 100 personas más influyentes del mundo del año 2007, en la revista Time.

Las obras artísticas de Kara Walker reciben la influencia de Adrian Piper en la visión de la identidad. El surrealismo y el pop art -de Andy Warhool- son otros de los movimientos que inciden en el estilo de la artista, ya que en sus creaciones combina hechos y ficción completados con una elocuente imaginación, además de basarse en las tradiciones de la narración.

Uno de los rasgos más característicos de sus obras es el uso de siluetas de papel -del tamaño de una pared- para construir las escenas que representa. De tal manera, que a través de este recurso crea sombras que escenifican una potente metáfora de estereotipos raciales. Además, las siluetas juegan con la visión del espectador, pues son colocadas con el objetivo dificultar la determinación de qué partes del cuerpo pertenecen a qué figuras, o cuáles están delante y detrás. Estos elementos dotan a las obras de una ambigüedad que obliga a cuestionarnos lo que sabemos y vemos, construyendo una atmósfera enigmática – normalmente ambientada en la Guerra Civil Americana o la esclavitud- que esconde un significado orientado al racismo en el presente y las desigualdades sociales y económicas que todavía persisten en Estados Unidos.

Por otro lado rememora la pintura historicista europea por medio de la representación de momentos basados en la historia, la literatura o la Biblia, adaptándola al mundo contemporáneo y creando un diálogo de puntos en común entre la problemática del pasado y la del presente. Por ello, los largos títulos literarios que dan nombre a las obras de Walker alertan sobre la relación del significado histórico de los murales.

Con todas esas escenas que muestra también pone a prueba al espectador enfrentando el carácter cómico, satirizado o grotesco de las figuras, que teatralizan elementos más o menos reprochables del comportamiento humano retando al público a establecer el límite de lo cómico. Asimismo, genera una sensación agria e incómoda que invita a la reflexión autocrítica.

Todos estos componentes que construyen los rasgos de la artista se encuentran aglutinados en la primera obra expuesta en Nueva York: “Gone: An Historical Romance of a Civil War as it Occurred between the Dusky Thighs of One Young Negress and Her Heart”. En este mural alude a fuentes como la novela “Lo que el viento se llevó”(1936) de Margaret Mitchel -sobre la Guerra Civil Americana- y un pasaje de “El hombre del clan” -un texto fundacional del Ku Klux Klan escrito por Thomas Dixon Jr- que se centra en el poder manipulador de la “negrita leonada”. Mezcla elementos delicados y aparentemente inocentes, como las dos figuras ataviadas con trajes del siglo XIX que se encuentran bajo la luna y que representan el romance típico de los cuentos, y los que hacen referencia a la violencia sexual que se aprecian al examinar la obra más de cerca. Además, adorna la muestra con detalles fantasiosos como la mujer con faldas de aro que se encuentra en el extremo izquierdo.

Otra de sus grandes creaciones es “The End of Uncle Tom and the Grand Allegorical Tableau of Eva in Heaven” (1995). Kara Walker toma el ciclorama – pared popularizada en el siglo XIX para generar una vista de 360º- para llamar la atención sobre el inexorable horror del pasado y el ciclo de desigualdad racial que continúa desarrollándose en Estados Unidos. Las figuras están dispuestas a tamaño real y el título guarda vínculos con la pintura historicista del siglo XIX y La cabaña del Tío Tom (1852), la conocida novela abolicionista de Harriet Beecher Stowe. La obra reúne una serie de viñetas que denuncian la tortura, el asesinato y el asalto a la población esclavizada del sur de América.

Después de comenzar a ser conocida por las siluetas que tanto caracterizan sus obras artísticas, a principios del año 2000 empezó a incorporar la luz a sus creaciones, experimentando con el fondo blanco de la obra “Darkytown Rebellion” en la que proyectó luz colocada en el techo de la galería Musée d’Art Moderne Grand-Duc (Luxemburgo). De esta manera, creó un ambiente psicodélico haciendo partícipes a los visitantes al reflejar sus sombras dentro del mural. Además, el color de las luces, en contraste con las siluetas negras en el fondo blanco, simboliza el presente. Con esta novedad, Walker logra implicar al espectador comparando los distintos elementos que muestran los estereotipos y plateando preguntas sobre la evolución de la historia.

En 2014, presenta su obra más monumental hasta la fecha: “A Subtlety, or the Marvelous Sugar Baby an Homage to the unpaid and overworked Artisans who have refined our Sweet tastes from the cane fields to the Kitchens of the New World on the Occasion of the demolition of the Domino Sugar Refining Plant”. Se trata de una escultura con unas dimensiones imponentes y fue expuesta en una nave de Brooklyn, la antigua planta de la mayor refinería de azúcar del mundo. La postura de la figura rememora a una esfinge egipcia y recrea el estereotipo de “mami” (criadora de familias blancas). Por otro lado, se colocaron alrededor de la escultura blanca que fue cubierta de azúcar blanco, pequeñas estatuas de jóvenes negros hechas de resina y melaza. Kara Walker eligió esta localización por su significado histórico pues en él, se vivió desigualdad social, económica y racial.

Kara Walker trata de combatir, a través de su obra, una historia oculta. En sus creaciones coexisten dibujo y acción, algo con lo que la artista construye una narrativa que pone de manifiesto las problemáticas sociales que tratan de esconder los discursos mediáticos bajo los que la sociedad norteamericana convive. Esta es una de las frases con las que explica precisamente esa doble cara de los mensajes: “Estoy fascinada con las historias que contamos. Las historias reales se convierten en fantasías y cuentos de hadas, cuentos de moralidad y fábulas.”