Cuando todos analistas de Occidente y Oriente están hablando del salto cualitativo que la sociedad está dando, olvidan un elemento importante; el mundo no tiene – todavía, aunque ese es el intento para el futuro de los globalistas y de muchos decisores de la economía y la política – una sola sociedad, sino muchas y diferentes sociedades. Sociedades modernas y avanzadas junto a sociedades tribales y atrasadas. Sociedades que viven en el confort general, aún con grandes diferencias sociales, y sociedades que pertenecen todavía al mundo de la necesidad. Cierto es que la aldea global que señaló el filósofo americano Marshall McLuhan como imparable a mediados del siglo pasado está cada día más cerca y es ya un hecho con el advenimiento de los medios de comunicación universales, radio primero, televisión después, e internet hoy día, pero lo que se percibe en occidente como una generalidad no lo es tanto. Porque no se han resuelto problemas fundamentales en muchos países: hambre, pobreza, falta de libertad, opresión por las costumbres ancestrales y religiosas (fundamentalismo, dogmatismo) esclavitud de hecho de niños y mujeres en muchos lugares del planeta… problemas básicos que la tecnología permite conocer de un modo general pero ni en toda su extensión ni tampoco da soluciones. Problemas políticos, económicos y sociales que suponen el sufrimiento de muchos millones de personas.

Hoy, es cierto, se está produciendo la quinta gran revolución mundial, y no es una revolución que traiga muertos en los frentes de batalla, aunque sí víctimas. Porque la tecnología facilita el trabajo, pero también produce paro. Quizás los últimos movimientos y decisiones discutidas y tomadas en grandes foros internacionales (Davos, la misma ONU y la agenda 2030) vayan en la línea de tomar decisiones globales para el planeta, entre ellas la de frenar el deterioro ambiental. Y puede que la tecnología, que trae progreso en muchos órdenes, pueda ser controlada para el bienestar mayoritario de la población mundial, no solo de unos pocos y de unas élites y corporaciones que ya tienen más poder y controlan más personas que muchos países. Pero hay algo fundamental y que tiene que ver con la educación y la toma de conciencia de los individuos: ninguna sociedad injusta, con los derechos de los más débiles pisoteados puede ser mejor. La riqueza de unos debe ser sustentada en los mínimos vitales de otros. Nadie puede crear el futuro a costa de los que siempre han sufrido las consecuencias del progreso. Entender el progreso de una forma humanista y solidaria es lo único que puede conseguir que haya paz universal, cooperación y que nadie, de verdad, se quede atrás o en la cuneta de la Historia. Falta mucho aún. Sobran grandes declaraciones y sobran programas políticos en el papel. Se necesita crear una conciencia universal más allá de razas, religión o geografía. Una conciencia que libere el alma de los que siempre han tenido atado el cuerpo y el espíritu. Una verdadera conciencia de progreso general humano.