En el desierto de Atacama, en Chile, en el Roque de los Muchachos en La Palma, en el Teide en Tenerife, en HawaI, en Japón y otras partes del mundo, hay gigantescos telescopios que tratan de averiguar algo sobre el origen y la historia de nuestro planeta, sobre el universo y todo lo que contiene. Telescopios de última generación, satélites, estaciones espaciales, son solo un  pequeño paso — insignificante en medio de los cientos de miles de millones de galaxias y estrellas — ante la inmensidad del Universo, la infinitud de lo incomprensible.

Cuando llegamos a las preguntas esenciales desembocamos en un misterio imposible de resolver por la razón. Incluso si intentamos descifrar el porqué de la existencia podríamos llegar a la locura. Porque no podemos comprender ni alcanzar siquiera a vislumbrar las razones del  nacimiento de la vida. No podemos entender el porqué de su origen, solo aproximarnos al cómo se ha producido su desarrollo, pero nunca descubrir el principio de todo. Se ha dicho que todo surge de una enorme explosión, el Big Bang… ¿ y antes?.. Las religiones hablan de la obra de Dios… pero ante la cuestión esencial hay un vacío infinito.

Se busca vida fuera de la Tierra. Y no se encuentra. Planetas parecidos al nuestro piensan los científicos y astrónomos que hay cientos, miles… pero solo alcanzamos el rastro, la sombra de algunos de ellos. Son los llamados exoplanetas. El más cercano descubierto, con una atmósfera que se supone  parecida a la Tierra y con una formación de estructura rocosa y la posibilidad de agua, está a cuatro millones de años luz, es decir, a 41 billones de kilómetros de nuestro planeta. Vamos a poner la cifra en ceros: 41.000.000.000.000 de kilómetros… lo que supone miles de millones de veces la distancia a la que se encuentra la luna. La conclusión es que es y será imposible llegar a él, ni, lógicamente, a ningún otro exoplaneta que se pueda considerar habitable y que esté aún más alejado. La única posibilidad de hacerlo sería con descubrimientos de  nuevos combustibles, aceleración, aleaciones resistentes a la fricción y altas temperaturas para las naves espaciales etc., todo ello en un futuro impensable ahora. Y, sobre todo, sería imposible hacer ese viaje para la actual raza humana, aunque no lo sería para  robots y androides hechos por el Hombre y provistos de inteligencia artificial.

Asusta la posibilidad de pensarlo, por el abismo que parece abrirse ante nosotros. Pero la ficción ya lo ha previsto: lo han hecho escritores como Philp K. Dick, Asimov y varios otros  y parece que es lo que piensa también uno de los personajes más poderosos del mundo, Elon Musk, amigo de Bill Gates y el principal sostenedor y promotor del sistema 5G en Estados Unidos, cuya empresa SpaceX ha lanzado ya al espacio más de 350 satélites para cubrir el planeta con esta tecnología revolucionaria para las comunicaciones e internet.

Por otro lado,  los grandes telescopios actuales y los que se están ya fabricando y se van a instalar en los próximos años, son auténticas máquinas del tiempo. Aparatos dotados de los mayores avances informáticos y electrónicos, con espejos de enorme alcance y potencia, capaces de alcanzar incluso la luz de estrellas que ya se han apagado, capaces de ver el pasado de lo sucedido en el espacio exterior.

Esto es lo que nos rodea y lo que somos ahora. Un pequeño punto azul poblado por seres cuya existencia en la Tierra es varios millones de años menor que el periodo durante el cual existieron sobre ella otros seres vivos, como, por ejemplo, fueron los dinosaurios, que poblaron nuestro planeta durante cincuenta millones de años.

Cierto es que somos los seres más inteligentes de la Creación, los únicos que han dado a la luz civilizaciones, arte, cultura. Pero no hay nada que indique que podamos sobrevivir eternamente. Más bien al contrario. Quizás por ello la Humanidad se prepara para dar un salto específico. Un salto en la especie, tal y como la percibimos ahora. La época de los cyber, el nuevo mundo, ya está aquí.