“Oriol Valls, que se ocupa de los recién nacidos en un hospital de Barcelona, dice que el primer gesto humano es el abrazo. Después de salir al mundo, al principio de sus días, los bebés manotean, como buscando a alguien. Otros médicos, que se ocupan de los ya vividos, dicen que los viejos, al fin de sus días, mueren queriendo alzar los brazos. A eso, así de simple, se reduce todo: entre dos aleteos, sin más explicación, transcurre el viaje”. El viaje.

Hace hoy 35 años, en Michigan, Kevin Zaborney pensó en crear una festividad vinculada a la demostración de afecto, que consistiera en dar y recibir abrazos. Se hubiera quedado en una anécdota local de no ser por el calendario de eventos Chase, una publicación que presentaba todas las festividades locales del año y cuyo dueño era el abuelo de una de las mejores amigas de Zaborney, que popularizó el acontecimiento hasta darle la proyección internacional que tiene hoy.

Beneficios avalados por la ciencia.

Más allá de la construcción social y el significado que le hemos dado al hecho de abrazar, la ciencia se ha hecho eco mediante estudios de los beneficios de esta acción. Según los expertos, a nivel emocional se observan reducción del estrés y la ansiedad y no, no, es una percepción, es biología pura ya que durante el apretón se liberan oxitocina, serotonina y dopamina, hormonas vinculadas al bienestar y la “felicidad” mientras que disminuye la producción de cortisol y adrenalina que emitimos en grandes cantidades cuando nos encontramos ante una situación tensa. También mejora el autoestima, relaja, nos aporta tranquilidad, seguridad y relaja los músculos activando unos receptores en la piel denominados corpúsculos de Pacini, que son los encargados de enviar las señales al cerebro reduciendo de esta manera la presión arterial.

Esto queda especialmente plasmado en el libro El tacto. La importancia de la piel en las relaciones humanas que analiza el impacto del contacto afectivo con bebés y como su ausencia es capaz de producir incluso la muerte. Las conclusiones son claras: el niño necesita que lo tomen en brazos, lo paseen, lo acaricien, abracen y arrullen, incluso aunque no se le amamante. La privación sensorial extrema en otros aspectos, como la luz y el sonido, pueden sobrellevarse, siempre y cuando se mantengan las experiencias sensoriales cutáneas.

Volveremos a abrazarnos.

Volveremos a abrazarnos. El eslogan protagonista en la pandemia mundial en todas las posibles variables. Un ojalá. No, no, no. El abrazo es un lenguaje en sí mismo y encierra todas las palabras del mundo. Los hay que dicen “no estás solo”, “te quiero”, “te he echado de menos”, “felicidades”, “hasta pronto” e incluso “adiós”. Provengan de brazos férreos que nos sujetan o de temblorosos que nos necesitan es uno de los más primarios métodos de comunicación. Y como todos los canales comunicativos evolucionan. Nada de volveremos a abrazarnos, estamos reaprendiendo a hacerlo.

La imaginación del ser humano es infinita, sabiendo esta necesidad de saber que inspiramos amor -y la imposibilidad de hacerlo por esta pandemia- hemos desarrollado nuevos métodos, ya sea el estrechamiento de brazos a través de plásticos en las residencias, el personal sanitario usando sus móviles para poner en contacto a familiares y pacientes, abuelos autodidactas tecnológicos reinventando maneras de visitar a sus nietos aunque sea de forma digital, la iniciativa de enviar cartas anónimas a los enfermos de COVID aislados para que se sientan acompañados. Todo esto demuestra interés, es un esfuerzo por mostrar a alguien que nos importa. Y qué es un abrazo si no eso mismo.