Pavarotti, probablemente el mejor tenor del siglo XX y una persona especial y controvertida vuelve a primer plano de la actualidad con la recientemente estrenada película de uno de los más importantes directores de Hollywood, Ron Howard. Un documental con un formato especial que entra en todas las facetas de la vida del cantante.

“¿Cómo te gustaría ser recordado como artista?” “¿Y cómo hombre?” Con estas dos preguntas, realizadas por su joven y última esposa Nicoletta, arranca un film muy especial y atípico. Partiendo de unos apuntes iniciales de su infancia y entorno familiar (su padre, también tenor, le inculcó la pasión por el bel canto), se desarrolla un retrato amable y emotivo, donde impera el lado humano de Pavarotti, escenificado en numerosos pasajes de su vida profesional, pero también cotidiana y familiar, todo ello a través de la mirada de quienes le acompañaron en su camino: su primera mujer, sus hijas, sus representantes, y sus compañeros de profesión y amigos.

Con una acertada estructura casi cinematográfica y un montaje dinámico, Ron Howard nos acerca al universo Pavarotti en donde claramente se fusionaba un talento innato con una personalidad espontánea y de sonrisa contagiosa. No en vano, el documental da buena muestra, a través de numeroso material audiovisual, del exponencial crecimiento profesional del italiano, que le llevó a dar el salto desde los más prestigiosos teatros de ópera a los grandes estadios y recintos deportivos. Es aquí donde queda resuelta la primera pregunta con que hemos comenzado: Pavarotti quería ser recordado por dar a conocer la ópera a las grandes masas.

La película, que apela inevitablemente a la emotividad y carisma de este gran artista, nos ofrece imágenes de su enorme talento profesional, que era indisoluble de la cercanía y humildad con que impregnaba cada una de sus apariciones públicas y acciones personales. Con un desarrollo cronológico, que no penaliza lo ameno de su visionado, Howard discurre por cada una de las etapas profesionales de Pavarotti, que se suceden «in crecendo» aumentando cada vez más su popularidad. No faltan sus recitales de los tres tenores, con Carreras y Domingo, sus fusiones operísticas con músicos de pop y rock como Sting, U2 o Brian May, que le depararon críticas desde la prensa más purista pero que hicieron que el mundo se rindiera ante él.

Fue en sus últimos años de vida, coincidiendo con el inicio de su amistad con Lady Di, cuando se volcó en su labor filantrópica, dada su sensibilidad hacia el sufrimiento de los más desfavorecidos.

Los últimos apuntes de esta espléndida obra cinematográfica, se centran en la relación amorosa que inició con la joven Nicoletta, 34 años menor que él, y por la que nuevamente recibió críticas desde los sectores más tradicionales de una sociedad italiana en donde imperaba una concepción conservadora de la unidad familiar. Es precisamente su joven esposa la que en un video doméstico le entrevista y le pregunta las dos cuestiones de las que aún nos queda por responder la concerniente a la parte humana. Pavarotti, como hombre, quería ser recordado como buen marido, buen padre y buen amigo. Aunque muchos le recuerdan como un hombre cariñoso, humilde, y amigable, la realidad es que Pavarotti quiso aparentar un núcleo familiar perfecto pero que fue de la manera que a él le hubiera gustado.

El retrato de Howard podrá quizá antojarse demasiado amable para quienes esperen una biopsia más profunda de una personalidad de la que no se muestran claroscuros. Empero, su visionado nos contagia y hace cómplices del optimismo y pasión por vivir del tenor, nos emociona en cada actuación profesional y nos hace amar y sentirnos más cercanos a la ópera, propósito este que, como hemos mencionado, era lo que anhelaba la voz masculina más virtuosa de la lírica.

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