Según la definición de la Real Academia Española, se trata de “la capacidad humana de asumir con flexibilidad situaciones límite y sobreponerse a ellas”.

La palabra resiliencia es un término que aparece cada vez más utilizado y es de común uso entre los psicólogos y estudiosos del alma humana. Hasta muy recientemente la palabra que parecía definir un concepto similar era la de resistencia. Pero hay algunas diferencias que conviene destacar. La fundamental es la permanencia, la continuidad en la actitud. La persona resiliente se sobrepone a la adversidad a partir de una conciencia interior de la necesidad de no rendirse nunca, de sobreponerse a cualquier adversidad. Para el resiliente cada problema que suceda se convierte en una oportunidad, superando con firmeza la negatividad. Es, además, una persona con memoria psicológica y capaz de identificar las causas de las situaciones problemáticas para evitarlas en el futuro.

Si se dice en un conocido proverbio que el hombre (empleado como término genérico, o sea tanto el género masculino como el femenino) es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra, la persona resiliente no está libre de que esto le ocurra, pero lo asumirá y tratará de que no haya una tercera vez.

 Todo resiliente es alguien que controla su mente y su corazón. No es que no sienta las cosas. Por supuesto que lo hace. Pero aprende y sabe dónde está el peligro y como superarlo. Una persona resiliente sabe ver a través de sus experiencias y busca y consigue la lucidez necesaria para vivir de un modo que los golpes no le destruyan. También podemos decir que la resiliencia nos permite controlar los impulsos en situaciones difíciles e inesperadas o bien que conllevan tensión.

Sabemos pues, que la resiliencia tiene algo que ver con la resistencia, pero no es una resistencia puntual y ciega, sino consciente y entrenada, mejorando las capacidades individuales para afrontar las circunstancias y sucesos desfavorables. ¿Tiene que ver con la tranquilidad? Evidentemente la tranquilidad y la calma son una consecuencia del modo de afrontar las cosas cuando tenemos resiliencia.

Una persona resiliente aguanta la presión. Y no se descompone ni tiene reacciones inmediatas que pueden empeorar las situaciones. Recuerdo las palabras de Herman Hesse en su libro Shidartha cuando al protagonista le preguntan qué es lo que sabe y contesta: “Se ayunar, sé pensar, sé esperar”. Sin duda estos elementos podrían acercarnos a la idea de control que está inmersa en el concepto de resiliencia. Algo que nos ayuda a vivir mejor y, sobre todo, a que no nos desborde lo inesperado ni suponga ningún trauma que nos condicione y nos ponga en inferioridad en la sociedad y las relaciones humanas.