La directora, recientemente fallecida a causa del coronavirus, es una de las grandes figuras del cine anticolonialista. Abiertamente rebelde y con un espíritu transgresor, a través de sus películas nos podemos acercar a los movimientos de liberación africanos de una manera tan transparente que podemos sentirlos en nuestra propia piel.

A diferencia de otras corrientes artísticas, el cine tiene una fecha exacta de nacimiento: el 13 de febrero de 1895. En ese año, los hermanos Lumiére patentaron el cinematógrafo, rodaron la primera película y llevaron a cabo el primer estreno con público.

Con matices, claro. El cinematógrafo era tan similar al Kinetoscopio de Thomas Edison que los Lumiére hicieron perforaciones circulares en lugar de cuadradas a cada lado de los fotogramas para evitar posibles denuncias por plagio. A su vez, Edison se había «inspirado» (entrecomillado por no utilizar un término más cercano al hurto), en una visita a Edward Muggeridge que le habló de un invento que hacía para los ojos aquello que el fonógrafo hacía para los oídos, y al que le había puesto el melodioso nombre de zoopraxiscopio.

Como un efecto dominó en el que es imposible saber cuál es la primera ficha y cuál es la última, lo que sí resulta obvio es qué, desde su nacimiento, el cine ha aumentado su influencia en nuestro modo de ver el mundo de un modo exponencial. De tal manera que, por ejemplo, tras triunfar la Revolución Islámica en Irán de 1979, una de las primeras decisiones que tomaron desde los órganos de poder fue prohibir las películas excesivamente occidentales.

Pero no solo se ejerce la censura en Teherán. A pesar de la vindicación de su figura en los últimos años, Sarah Maldoror también pudo sentir la presión del encorsetamiento de la Francia gaullista y, de hecho, buena parte de su producción cinematográfica surge como respuesta a un racismo institucional que ahoga a los que viven en los márgenes de la sociedad.

Poeta de la Negritud

Si a la hora de hablar de los padres del cine hay que detenerse en apellidos como Melies, Murnau o Griffith, si hablamos de cine anticolonial hay que dejarse de panorámicas y enfocar en primer plano el rostro de Sarah Maldoror.

La cineasta, de herencia antillana y nacida en 1929 en Condom-en-Armagnac, diminuta comuna del Departamento de Gers, utiliza la misma batuta que Melies o Griffith, sí, y comparte cierto espíritu pionero con Murnau o Lubitsch, también, pero sus sinfonías suenan completamente diferentes.

La artista francesa no es que enfoque de otro modo el mundo… es que enfoca otro mundo. Los protagonistas de sus cintas se niegan a ser simples extras de la historia del cine y encuentran su propia voz a través de unas obras que tienen una clara dimensión política y reivindicativa de la Negritud.

Descolonizar el pensamiento

La conciencia política y social de Maldoror se pone de manifiesto bastante antes de llegar al cine. A finales de la década de los cincuenta, la artista funda y dirige Les Griots, la primera compañía dramática en suelo francés integrada exclusivamente por actores africanos y afrocaribeños.

El principal objetivo de la compañía es terminar con los roles que la industria cultural impone a los artistas y creadores negros. Así, a lo largo de sus años de producción artística, se encargan de representar obras como ‘’La Tragedia del Rey Christophe’’, en la que el martiniqués Aimé Césaire se centra en narrar la lucha del pueblo haitiano por conquistar su libertad, o “Los Negros”, título en el que Jean Genet se encarga de revelar las perversiones del colonialismo a partir de un funeral cargado de simbolismo.

Tras su experiencia en el teatro, Maldoror se marcha a Moscú a estudiar cine bajo la tutela del director Marc Donskoï. El paso por la capital de la URSS resulta vital para la directora puesto que tiene conexión privilegiada con los primeros movimientos de liberación en Guinea y Argelia y entra en contacto con Ousmane Sembène, una de las principales figuras del cine africano. A su regreso del gigante soviético estas dos cuestiones resultarán fundamentales en toda su producción cinematográfica.

Más tarde hace su debut en Cannes. Tras trabajar como asistente de Gillo Pontecorvo en “La batalla de Argel”, Maldoror realiza su debut como directora con el cortometraje “Monangambe”. La cinta, rodada en el año 68, denuncia las técnicas de tortura del ejército portugués durante la guerra de Angola y terminó siendo seleccionada para la Quincena de Realizadores en Cannes en 1971, asi como en el Festival de Berlín.

Así se presenta Maldoror al mundo. Por si el mundo no se había dado por aludido, la directora firma, en su obra más importante, Sambizanga (1972), una historia tan íntima como comprometida y militante.

La cinta, ambientada en la guerra de independencia angoleña, también reivindica la resiliencia de las mujeres africanas y se centra en la figura de María, la mujer de un rebelde detenido por el ejército portugués que peregrina de prisión en prisión intentando descubrir qué ha sido de su marido. El movimiento de liberación colonial sigue marcando el cine de Sarah Maldoror, sin embargo, tras acercarse a la cuestión con un punto de vista marcadamente político, en sus siguientes obras lo hace viajando hacia la esencia del continente africano a través de sus carnavales y fiestas.

La cineasta se marcha a Cabo Verde y Guinea Bissau para rodar sendos documentales que guardan ciertas similitudes. Para Maldoror el carnaval es algo catártico. Un estado en el que se pueden transgredir los límites, en el que se puede dar la vuelta al estado de las cosas y del mundo, y en el que explosión musical y de sensaciones provoca una especie de espíritu colectivo en  que emergen las cualidades identitarias del pueblo africano.

Mientras la década de los ochenta avanza la directora va cambiando el tono de sus obras. De un modo paulatino sus títulos se van volviendo más sutiles y a través del cine documental se encarga de establecer un diálogo oblicuo con las principales figuras del movimiento de la Negritud.

Así se acerca a las figuras de los poetas y filósofos Léopold Sédar Senghor, Aimée Cesaire y León Damas en títulos como “Aimé Césaire au bout du petit matin” (1977), “Et les chiens se taiseient, d’Aimé Césaire” (1978), “Toto Bissainthe” (1984) y “Léon G. Damas” (1994).

En sus últimas obras aparece la Maldoror más divertida, nihilista y sarcástica. A través de historias mínimas, la cineasta se encarga de poner voz a la inmigración africana en Francia. En títulos como “Un dessert pour Constance” (1990), “Le racisme au quotidien” (1994) o “Scala Milan AC” (2003), los escenarios no solo son los soportes para desarrollar historias, sino que se transforman en cóncavos espejos en el que se reflejan las miserias de la Europa contemporánea. Matriarca del cine africano

El legado de Maldoror resulta tan vital para entender los numerosos vericuetos del cine africano actual que si Ousmane Sembène es considerado el padre del cine negro ella tiene todas las cartas en su mano para ser elevada a la categoría de matriarca de la negritud. Y es que la cineasta protagoniza un camino artístico plagado de primeras veces.

Ella es una de las primeras mujeres en dirigir un largometraje en África, es pionera en denunciar los abusos del colonialismo y además de un modo descarnado, es precursora de la rehabilitación de la historia negra en el mundo del cine y parte primigenia del surgimiento de un cine del tercer mundo que busca promover cambios radicales en la sociedaden definitiva, en cualquier sala del mundo que se proyecta una historia que se acerca a los desheredados resuena el eco de Sarah Maldoror.